La Fundación Barceló ha tenido la amabilidad de interesarse por Dios nos hizo libres para aumentar su difusión. Para ello ha sufragado una tirada de 2.000 ejemplares de la 2ª edición del ensayo, que incluye algunas modificaciones -espero que mejoras- respecto a la versión original. La más importante es la adición de un nuevo apartado al final del libro, que se reproduce íntegramente a continuación:
4.4. El cristianismo nos hace auténticamente libres
“La verdad os hará libres”
Jn 8, 32
Antes de finalizar, conviene enfatizar una idea clave: el cristianismo no limita nuestra libertad, sino todo lo contrario, nos hace verdaderamente libres.
Sí, el cristiano coherente no tiene relaciones sexuales fuera del matrimonio, por ejemplo, y debe ir a misa al menos los domingos y fiestas de guardar. ¿Son límites a nuestra libertad estas prohibiciones y obligaciones?
Formalmente es evidente que no, puesto que son asumidas voluntariamente y pueden abandonarse en cualquier momento. Pero, dirán nuestros críticos, ¿no suponen reglas morales impuestas a las mentes débiles, bajo la amenaza de arder en el infierno?
Pues bien, en cuanto a las prohibiciones, no suponen verdaderos límites a la libertad, por cuanto la libertad no consiste en hacer cualquier cosa que se nos ocurra. Por ejemplo, no somos menos libres por no poder matar al vecino. Y todas esas prohibiciones cristianas, ya desde los Diez Mandamientos, no son sino normas de Derecho Natural, es decir, que derivan de la propia naturaleza de las cosas y que por ello redundan en nuestro propio bien. Como suele decirse, las normas morales no amenazan ni destruyen la personalidad, aunque sí la encauzan.
Recordemos que, como decíamos al principio de esta obra, la verdadera libertad consiste en elegir el bien, mientras que elegir el mal es un abuso o un ejercicio equivocado de nuestra libertad. Como es obvio, podremos discutir qué es bueno y qué no, pero eso ya excede el propósito de esta obra. Baste decir que la Iglesia no se pronuncia gratuitamente, y que las cuestiones morales han sido minuciosamente analizadas a través de los siglos, por lo que quien quiera discutir algún detalle necesitará al menos estudiar bien la cuestión primero y oponer buenos argumentos, si no quiere actuar con ligereza.
En cuanto a las supuestas obligaciones, pueden parecerlo desde fuera, pero no deben serlo para el creyente. Si vamos a misa por obligación y no por amor de Dios, es evidente que algo falla.
Pero decíamos que el cristianismo no sólo no limita nuestra libertad, sino que nos hace realmente libres. Muchos pensadores, incluso sin relación alguna con el cristianismo, han coincidido en que para ser libres debemos dominar nuestras pasiones, nuestros instintos. Aristóteles decía que “sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego”. Séneca consideraba que sólo podía alcanzarse la felicidad mediante el ejercicio de la virtud, y que “no hay virtud sin trabajo”. Proponía el dominio de la voluntad sobre las pasiones y el placer.
Vemos, por tanto, que la bondad del fortalecimiento de la voluntad y del señorío de uno mismo no es patrimonio exclusivo de los cristianos, sino que me atrevería a afirmar que es puro sentido común, aunque hoy se esté olvidando esta cuestión irresponsablemente. Podríamos citar a este respecto, por ejemplo, a dos insignes políticos ingleses:
- Lord Acton: «La libertad supone no estar sometido al control de los demás. Esto requiere control sobre uno mismo”.
- Edmund Burke: “Los hombres de mentes intemperantes no pueden ser libres. Sus pasiones forjan sus grilletes”.
Ya los escolásticos medievales distinguían agudamente entre libertas a coactione (libertad en el sentido de ausencia de coacción exterior) y libertas a necessitate (libertad interior). Es decir, uno puede tener libertad exterior, en el sentido de que nadie le coarte, pero luego aparecen las dificultades internas, que San Pablo describía cuando explicaba: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Romanos 7, 19). Y uno sabe que debe hacer algo, pero encuentra frenos internos que se lo impiden, como la pereza del estudiante que pospone el estudio, o del padre que ve la tele en lugar de jugar con sus hijos. Pero el cristiano cuenta en su lucha con la ayuda de la gracia divina, que le permite afirmar con Santa Teresa de Calcuta, siempre que logra corresponder, que “la mayor satisfacción es el deber cumplido”.
Así se manifiesta de modo absolutamente evidente la complementariedad de cristianismo y liberalismo, pues si éste último trata de asegurar la libertad externa, es decir, la ausencia de coacción sobre nuestras personas y propiedades, el cristianismo, al ayudarnos a dominar las pasiones y liberarnos del pecado, nos proporciona la libertad interna necesaria para hacer el bien que realmente deseamos, y así alcanzar la verdadera felicidad, que no es más que la comunión con el Bien por definición, que es Dios (y por Él, con nuestros hermanos).
Por el contrario, si uno considera que el hombre no es más que materia, puede resultar lógico cuestionarse la propia idea de libertad. Así, muchos materialistas consideran que la libertad no es más que una ilusión, pues estaríamos completamente determinados por la materia que constituye nuestro cerebro. Desde este punto de vista, el liberalismo podría resultar difícil de conciliar con el materialismo.
